Se apagó el sueño: México se quedó sin Mundial… y nosotros sin una noche que jamás volverá.

Hay derrotas que se olvidan al día siguiente.

Y hay derrotas que se quedan para siempre.

La de anoche pertenece a esas que duelen durante años.

Porque anoche no perdió solamente la Selección Mexicana. Perdió un país entero que llevaba meses soñando. Perdieron los niños que pintaban su rostro de verde, blanco y rojo. Perdieron los padres que por primera vez llevaron a sus hijos a vivir un Mundial en casa. Perdimos todos los que alguna vez imaginamos que esta historia podía terminar diferente.

Hoy escribo estas líneas con el corazón, no con la cabeza.

Porque antes de ser periodista, antes de ser conductor de Furia Deportiva, soy un mexicano que ama profundamente este deporte.

Esperamos cuarenta años para volver a organizar una Copa del Mundo en nuestra tierra.

Cuarenta años.

Toda una vida.

Muchos de los que estuvieron en México 86 hoy peinan canas. Otros ya no están para contarlo. Y una nueva generación tuvo la fortuna de vivir por primera vez lo que significa despertar sabiendo que el torneo más importante del planeta estaba en nuestras calles, en nuestros estadios y en nuestros hogares.

Vi un Estadio Azteca lleno hasta el último asiento.

Vi miles de banderas ondeando.

Vi familias enteras abrazándose antes del silbatazo inicial.

Vi millones de mexicanos reunidos frente a una pantalla creyendo que esta vez sí era posible.

Vi al Ángel de la Independencia vestido de verde, blanco y rojo, esperando una celebración que nunca llegó.

México volvió a vibrar.

Volvió a creer.

Volvió a sentirse invencible por unos instantes.

Y eso nadie nos lo podrá quitar.

Pero también entendí algo que jamás había pensado.

Tengo 40 años.

Y no sé si volveré a vivir otro Mundial organizado en mi país.

Quizá sí.

Quizá no.

La vida no promete esas oportunidades dos veces.

Y esa idea pesa mucho más que una eliminación.

Porque un Mundial en casa no es solamente futbol.

Es identidad.

Es memoria.

Es infancia.

Es escuchar el Himno Nacional y sentir que el pecho ya no alcanza para guardar tanto orgullo.

Es caminar por las calles y ver a millones de personas sonriendo por la misma razón.

Es demostrarle al mundo quiénes somos.

Por eso duele tanto.

Porque esta fiesta terminó demasiado pronto.

También terminó una era.

Si este fue el último partido de Guillermo Ochoa con la Selección Mexicana, despedimos a uno de los futbolistas más grandes que ha dado nuestro país.

El hombre que disputó seis Copas del Mundo.

El que nos salvó cuando parecía imposible.

El que hizo que millones de mexicanos gritaran de emoción una y otra vez.

Podrán existir críticas. Siempre existirán.

Pero el tiempo será el encargado de colocar a Memo Ochoa en el lugar que le corresponde: entre las máximas leyendas del futbol mexicano.

Y probablemente también vimos el último partido de Javier Aguirre al frente de la Selección.

Aceptó un reto enorme cuando pocos querían hacerlo.

Tomó a un equipo golpeado.

Le devolvió carácter.

Le devolvió orgullo.

Le devolvió la ilusión a un país que ya había dejado de creer.

No alcanzó.

En el futbol, muchas veces el esfuerzo no basta.

Pero sería injusto olvidar todo lo que este grupo sí consiguió.

Nos devolvió la esperanza.

Nos hizo volver a cantar el Himno con el pecho inflado.

Nos hizo pensar que esta vez la historia podía escribirse de otra manera.

Anoche Inglaterra fue más contundente.

México peleó hasta el último segundo.

Nunca dejó de correr.

Nunca dejó de creer.

Y quizá por eso esta derrota duele todavía más.

Porque cuando un equipo deja el alma sobre la cancha, el resultado pesa el doble.

Hoy vendrán las críticas.

Los análisis.

Los culpables.

Las discusiones.

Así es el futbol.

Pero antes de señalar, yo prefiero agradecer.

Gracias por hacernos volver a soñar.

Gracias por hacer que el Estadio Azteca volviera a sentirse eterno.

Gracias por recordarnos lo hermoso que es ver a un país unido por una misma camiseta.

El marcador dirá que Inglaterra avanzó.

Los libros dirán que México quedó eliminado en octavos de final.

Pero quienes vivimos este verano sabemos que hubo algo mucho más grande que un resultado.

Vimos a México latir como pocas veces.

Y eso también forma parte de nuestra historia.

Hoy el Azteca vuelve a quedarse en silencio.

Hoy el Ángel de la Independencia regresará poco a poco a la normalidad.

Hoy millones despertamos con el corazón roto.

Pero si algo nos ha enseñado el futbol es que los mexicanos nunca dejamos de creer.

Nos rompen el corazón.

Lloramos.

Nos prometemos que será la última vez.

Y cuando vuelve a sonar el silbatazo inicial… ahí estamos otra vez.

Porque la esperanza, esa, jamás podrá ser eliminada